Roman School
Schola Latína Európæa & Úniversális
Latiné loqui disce sine molestiá!    Learn to speak Latin with ease!
¡Aprende a hablar latín sin esfuerzo!    Apprenez à parler latin sans peine!
Impara a parlare latino senza sforzo!    Lernen Sie Latein zu sprechen ohne Mühe!

Sonidos

SONÍ



English | Español

Si bien cualquier alumno pude comprender que conozcamos con exactitud los usos gráficos de los romanos, al igual que los de los usuarios del latín de cualesquier otras épocas posteriores, es causa de mayor confusión y aun escepticismo la afirmación de que también conocemos con gran precisión la pronunciación del latín en los diferentes estadios de su larga historia, y en particular en el periodo clásico.

Sería demasiado largo de explicar aquí cómo hemos llegado a conocer la pronunciación del latín en periodos de los que no tenemos registro sonoro; pero es una cuestión en la que han trabajado muchos especialistas, y el principiante tiene que ejercer un cierto grado de confianza en el maestro. Mencionaremos aquí, sin embargo, los principales instrumentos que nos permiten saber cómo se pronunciaba una lengua como el latín en el pasado.

1. En primer lugar, tenemos la filolgía histórica y comparada. Si una palabra latina como máter, por ejemplo, ha evolucionado hasta el italiano y español madre, catalán mare, francés mère, portugués mãe y en todas esas lenguas sin excepción la letra m se pronuncia de la misma manera, podemos acaso dudar de la pronunciación de las otras letras de la palabra; pero no tenemos en principio ninguna razón para pensar que la m se pronunciara de ninguna otra forma en latín de como se pronuncia en todas esas lenguas que derivan de ella. Si comparamos luego el latín no con sus lenguas hijas que evolucionaron a partir de ella en tiempos posteriores, sino con las lenguas hermanas que están relacionadas con ella porque comparten un origen común aún más antiguo, las llamadas lenguas indo-europeas, y observamos que la letra m ha mantenido exactamente la misma pronunciación, independientemente del latín, hasta el griego moderno μητερα [mi.'tɛ.ra], alemán Mutter ['mʊ.tʰɐ] e hindi माता ['mɑ:.tɑ:], todos los cuales corresponden al latín máter, entonces encontramos razones una vez más para estar bastante seguros de la forma en que se pronunciaba la m latina. Analogías similares pueden establecerse para todas las demás letras. La filología histórica y comparada puede explicar también los casos en que observamos diferencias en las lenguas relacionadas, como la presencia de una è en francés o una u en alemán donde tenemos á en latín, y podemos así tener una idea de la forma en que el latín se pronunciaba o dejaba de pronunciar.

2. Tenemos también el testimonio escrito de los gramáticos latinos, que describieron cómo se articulaban los sonidos, o los escritores latinos en general que hicieron comentarios sobre muchos aspectos de la pronunciación.

3. Los errores ortográficos que encontramos en inscripciones también nos iluminan acerca de la pronunciación de la época. Si durante un cierto siglo todo el mundo escribe æquus cuando quieren decir ‘justo’, y equus cuando quieren decir ‘caballo’, y no encontramos, ni aun en los escritos de los menos educados, a nadie que confunda las dos palabras, pero en el siglo siguiente mucha gente, incluso los mejor educados, empiezan a dudar y escriben a veces equus para decir ‘justo’ y æquus para ‘caballo’, podemos deducir dos cosas: primero, que en el siglo posterior la pronunciación de æ y e era lo suficientemente similar para que incluso la gente educada cometiera errores cuando escribían esas palabras que no tienen ninguna otra conexión; y, segundo, que en el siglo anterior, por el contrario, la pronunciación de æ y e era todavía lo suficientemente distinta para que ni siquiera la gente sin educación confundiera las dos palabras al escribir.

4. Finalmente, la poesía nos ofrece un montón de indicios sobre la pronunciación, dado que un poema debe cumplir ciertas reglas de sonoridad que nos dicen cómo debían pronunciarse las palabras para crear el ritmo adecuado.

Con todas estas herramientas y la cantidad de documentos que han llegado hasta nosotros desde la antigüedad, podemos estar seguros de que sabemos con bastante exactitud —siempre hay, por supuesto, algunas áreas obscuras de importancia menor— cómo se pronunciaba el latín durante el periodo clásico. Se invita a los alumnos interesados a que se remitan a W. Sidney Allen, Vox Latina, The Pronunciation of Classical Latin, Cambridge University Press 1992 [1965], donde se encontrará un tratamiento mucho más detallado de todos estos temas.

Pero antes de proceder con la pronunciación clásica del latín, tenemos que intentar aclarar la tremenda confusión reinante con respecto a la así llamada pronunciación 'eclesiástica'. Como es natural, tras la caída del imperio romano, el latín, que sobrevivió como lengua docta, pasó a pronunciarse en cada país de acuerdo con las convenciones de los respectivos vernáculos; así, la palabra latina lætitia [laɛ̯.'tɪ.tɪ.ʲa] recibió en Italia la pronunciación [le.'ti.tsja] como el nombre italiano Letizia, en España [le.'ti.θja] como el nombre Leticia, en Inglaterra [lə.'tʰɪʃ.ə], etc. (cf. Op. cit., "Appendix B: The pronunciation of Latin in England", pp. 102-110). Estas pronunciaciones tradicionales, que cambiaban de un país a otro, estaban vigentes en cada país en todas las áreas del latín, tanto en contextos académicos como en los eclesiásticos, por supuesto de manera indistinta dado que nunca hubo conciencia de que debiera haber una división entre los dos. Es incorrecto pensar, por lo tanto, como a no pocos en nuestros días se les ha inducido erróneamente a creer, que existiera históricamente una pronunciación del latín específicamente eclesiástica o que la pronunciación italiana hubiera sido usada jamás por los no italianos. Contra estas diferentes pronunciaciones tradicionales, es cierto, había habido a lo largo de la historia distintas iniciativas eruditas para promover una pronunciación unificada del latín; sin embargo, éstas no se basaban en el vernáculo italiano, sino más bien en el testimonio de las fuentes antiguas, que normalmente se entendía que apoyaban el principio de "una letra un sonido" independientemente del contexto ortográfico, como parecían sugerir descripciones fonéticas de las letras del alfabeto como la que proporciona, por ejemplo, Marciano Capela en su Dé nuptiís. Estas tendencias unificadoras eruditas, por supuesto, afectaban al latín usado tanto dentro como fuera de la iglesia de manera indistinta, dado que durante siglos académicos y eclesiásticos fueron las mismas personas. De hecho, ese tipo de pronunciación todavía estaba vigente en la corte del papa León XIII, como puede percibir fácilmente cualquiera que escuche las grabaciones de 1902 del castrato italiano Profesor Alessandro Moreschi (dice [pon.'ti.fi.kem], ['e.ti.am], etc.). Sin embargo, esos esfuerzos eruditos fracasaron durante siglos en el intento de desplazar las varias pronunciaciones nacionales que tradicionalmente prevalecían en los diferentes países, tanto dentro como fuera de la iglesia.

Conforme la erudición se fue haciendo cada vez más sofisticada, el simple principio de "una letra un sonido" se refinó mediante la ulterior inspección de las fuentes antiguas, notablemente por Erasmo y sus sucesores, y la tendencia a acercar la pronunciación del latín cada vez más a la que tenía en época clásica se convirtió en el objetivo de los mejor educados, que estaban también cada vez más desconectados de los medios eclesiásticos. Tras el fascinante avance que la ciencia de la filología experimentó en los últimos cien años —la filología comparada científica no empezó realmente hasta el siglo XIX, con el desarrollo del interés por el sánscrito que llegó de la mano de la colonización europea de la India—, fue finalmente posible recuperar la pronunciación clásica del latín con notable precisión. El esplendor de esta hazaña intelectual de la ciencia filológica hizo que en un muy breve espacio de tiempo la pronunciación erudita unificada del latín finalmente desplazara las diversas pronunciaciones vernáculas tradicionales de todas las áreas educativas de todo el mundo (excepto, parcialmente, en Italia); pero dado que la erudición y la iglesia iban ya entonces por caminos completamente divergentes, las distintas pronunciaciones tradicionales prevalecieron en el contexto eclesiástico. Este siglo vio, por tanto, por vez primera en la historia, una división entre la pronunciación del latín dentro y fuera de la iglesia, y el nacimiento de la etiqueta de 'eclesiástico' para lo que no eran sino las pronunciaciones tradicionales vernáculas del latín. Como había sido el caso tradicionalmente, esas pronunciaciones vernáculas eran todavía diferentes en los distintos países, y como respuesta a la eficaz internacionalización de la pronunciación erudita, las autoridades eclesiásticas comenzaron una batalla por la unificación también del latín eclesiástico; pero, en vez de hacerlo mediante la finalmente próspera pronuciación de los eruditos, que era en origen no menos eclesiástica que las vernáculas, decidieron intentar propagar la pronunciación tradicional de un solo país, Italia, al resto del mundo. El papa Pío X expresó este deseo en una carta al arzobispo de Bourges en 1912 (cf. Op. cit., p. 108) y la anhistórica identificación del latín eclesiástico con la pronunciación vernácula del italiano moderno se ha estado difundiendo desde entonces. Aun con todo, todavía en los 80, los últimos sacerdotes españoles a los que oí usar el latín seguían aferrándose firmemente a la pronunciación española, y sé muy bien que la pronunciación alemana del latín es todavía la norma en ese país. En cualquier caso, la desaparición del uso del latín en la iglesia parece estar haciendo irrelevantes tanto las pronunciaciones tradicionales locales en general como la italiana en particular.

Dejando por tanto atrás el babel eclesiástico, procederemos ahora a describir la pronunciación clásica del latín —a la que a veces se da el nombre de prónúntiátió restitúta—, como la única norma auténtica de validez internacional, y la única realmente floreciente. Como se ha dicho antes, el filólogo tiene a su disposición libros en los que encontrar explicaciones más prolijas; pero la mayoría de alumnos deberían tener bastante con lo que sigue.


Vocales

El latín tiene seis letras vocales, la última de las cuales sólo aparece en palabras de origen griego:

a e i o u y

El latín tiene doce sonidos vocálicos principales, ya que cada una de las letras vocales puede representar uno de dos sonidos, uno que llamamos breve y otro que llamamos largo. El sonido largo puede indicarse en la escritura por medio del apex, aunque, desgraciadamente, en la mayoría de los textos este signo extremadamente beneficioso no se usa (en otros se substituye por la raya de larga métrica, con la consecuente confusión entre cantidad vocálica y cantidad silábica):

 Breve:   a e i o u y 
 Larga:   á é í ó ú ý 

Generalmente hablando podemos decir que el sonido largo se obtiene alargando ligeramente la pronunciación del sonido breve; aunque este alargamiento viene acompañado de un mayor esfuerzo de los órganos articulatorios, que modifica ligeramente no sólo la duración (cantidad), sino también el timbre (calidad) del sonido de la vocal.

Ninguna de las lenguas autóctonas de la península ibérica distinguen unas vocales de otras por su duración: las vocales de las lenguas ibéricas son todas breves; o, si se quiere, indeterminadas en cuanto a su duración. Entre las lenguas romances de otras zonas observamos fenómenos parcialmente cuantitativos en ciertas variedades de francés y en el italiano, pero tenemos que remitirnos a lenguas no romances para observar el fenómeno de la cantidad vocálica en pleno rendimiento; del inglés al finlandés, del alemán al húngaro, del árabe al hindi, son muchas las lenguas que distinguen vocales largas de vocales breves. Como hemos dicho, las vocales largas se pronuncian con un mayor esfuerzo de los órganos articulatorios que las hace prolongarse un poco en comparación con las breves. Piénsese en cómo los italianos alargan las vocales acentuadas de palabras como amore u onore en comparación con la seca sílaba tónica del español amor y honor; de forma muy similar a estos ejemplos italianos suenan los ablativos latinos amóre y, añadiendo la h aspirada, honóre. No es difícil pronunciar estos alargamientos, aunque a no pocos pueda parecerles ridículo; y es que hablar una lengua distinta a la propia requiere siempre cierta capacidad de desinhibición. Como hemos dicho, son más numerosas las lenguas con diferencias cuantitativas que las que no las tienen; así que es un fenómeno con el que conviene familiarizarse.

Vista la duración (cantidad), centrémonos ahora en el timbre (cualidad) de las vocales. Para empezar, el español y el vasco comparten uno de los sistemas vocálicos más pobres que existen, con sólo cinco sonidos [a e i o u]. Una pequeña tragedia si los comparamos con los doce del latín [a ɛ ɪ ɔ ʊ ʏ ɑ: e: i: o: u: y:]. Las vocales del español o el vasco tienen un sonido o timbre (cualidad) similar al de las largas latinas, aunque la duración (cantidad) sea, como hemos indicado más arriba, comparable a la de las breves (excepto la a, que es prácticamente equivalente a la a breve latina no sólo en la duración, sino también en el timbre [a]).

Una variedad de sonidos vocálicos más parecidos a los latinos los presentan el catalán o el portugués. En estas lenguas, los sonidos vocálicos varían dependiendo de si aparecen en una sílaba acentuada o no; concentrándonos, por tanto, en las sílabas tónicas, es sabido que el catalán, como el italiano, conoce no cinco, sino siete sonidos vocálicos, ya que para las letras e y o tiene una variante abierta (soc [sɔk] y net [nɛt]), y otra cerrada (sóc [sok] y nét [net]). Pues bien, el sonido de la variante abierta se corresponde exactamente con el de las e [ɛ] y o [ɔ] breves latinas, mientras que el sonido de la variante cerrada, aparte del alargamiento adicional que necesitan estas vocales en latín, se corresponde exactamente al de las é [o:] y ó [e:] largas latinas.

El portugués, como el francés, nos permite acercarnos todavía un poquito más a la pronunciación de las vocales latinas; ya que, aparte de lo dicho más arriba, ambas lenguas conocen también varios sonidos para la vocal a. El timbre de la a tónica portuguesa, como en el resto de lenguas autóctonas de la península ibérica, es como el de la a breve latina; sin embargo, aunque sin verdadero valor fonológicamente distintivo, la a del portugués ante l (o ante u) en palabras como mal [mɑɫ], suena, de nuevo sin el alargamiento, como la á [ɑ:] larga latina. Más clara es la diferencia en francés, donde los dos tipos de a tienen valor fonológicamente distintivo, siendo el sonido de la a breve latina como el de la a del francés pate, y el de la á larga latina como el de la del francés pâte.

También presenta el portugués, esta vez sin paralelo en el resto de las lenguas autóctonas de la península, ni en la mayoría de lenguas del entorno romance, varios sonidos vocálicos para la i; y, nuevamente sin verdadero valor fonológicamente distintivo, la i del portugués ante l (o ante u) en palabras como mil [mɪɫ], suena, en este caso, como la i [ɪ] breve latina. De entre las lenguas de nuestro entorno más próximo, sólo el inglés o el alemán presentan sonidos vocálicos que reproduzcan la diferencia entre la i o la u breves [ɪ ʊ] y la í o la ú largas latinas [i: u:].

Finalmente, la y latina, aparte del aranés, no tiene equivalente en las lenguas autóctonas de la península. Se pronuncia como la u del francés; es decir, redondeando los labios como para decir u, pero diciendo i en su lugar. No es difícil, aunque a no pocos pueda parecerles ridículo; y es que hablar una lengua distinta a la propia requiere siempre, como decíamos, cierta capacidad de desinhibición. También esta vocal, por supuesto, tiene en latín una variante breve [ʏ] y otra larga [y:].

Ahora indicamos la pronunciación de cada vocal siempre mediante los símbolos del Alfabeto Fonético Internacional, y facilitamos algunos ejemplos que pueden escucharse haciendo click en cada uno de ellos:

 a [a]   ad, casa    á [ɑ:]   á, lána  
 e [ɛ]   et, senex    é [e:]   é, hérés  
 i [ɪ]   id, sitis    í [i:]   vís, fínis  
 o [ɔ]   ob, honor    ó [o:]   mós, nótor  
 u [ʊ]   ut, nurus    ú [u:]   , lúdus  
 y [ʏ]   typus    ý [y:]   gýrus  

Además de los doce de más arriba, el latín tiene cuatro sonidos vocálicos nasales breves, que aparecen sólo en posición final de palabra y se indican en la escritura con una –m que se llama m cadúca y se pronuncia como consonante sólo cuando va seguida de una palabra que no empieza por vocal o h1:

 –am [ã]   tam  
 –em [ɛ̃]   ídem  
 –im [ɪ̃]   sim  
 –im [ʊ̃]   tum  

De entre las lenguas autóctonas de la península ibérica, sólo el portugués tiene vocales nasales. La única otra lengua romance que las tiene es el francés. El timbre de las nasales portuguesas o francesas no es necesariamente el mismo que le de las latinas, pero se parece bastante, y nos sirve, en cualquier caso, para hacernos idea de qué significa la nasalización.

-------

1 Si sigue una palabra que empieza por consonante distinta de h, la m cadúca cambia de pronunciación de acuerdo con el punto de articulación de la consonante siguiente, convirtiéndose en labial ante una labial (tam pulcher [tam.'pʊɫ.kɛɾ]), dental ante una dental (tam turpis [tan.'tʊr.pɪs]), y velar ante una velar (tam castus [taŋ.'kas.tʊs]).


Diptongos

El latín tiene seis diptongos, es decir parejas de vocales que pertenecen a una misma sílaba. Sólo los tres primeros diptongos son realmente frecuentes, mientras que los tres segundos aparecen sólo en un muy reducido número de palabras. Esas combinaciones de vocales pueden aparecer también como hiato, o sea pertenecer a sílabas distintas. En el caso de las primeras tres parejas, el hiato tendrá lugar principalmente en palabras de origen extranjero. No se ha llegado a diseñar ningún modo ideal y consistente de distinguir los diptongos de los hiatos en la escritura. El que yo sigo se describe más abajo. Es ambiguo sólo en el caso de eu. La mayoría de la gente y los editores modernos de textos latinos no intentan siquiera distinguir diptongos de hiatos en la escritura en absoluto, y se espera que uno sepa a priori qué caso es cuál.

 Diptongo   Hiato 
 æ [aɛ̯]   æs    ae áe aé áé   áér  
 œ [oe̯]   pœna    oe óe oé óé  poéta  
 au [ɑʊ̯]   aurum    aü áu aú áú  Œnomaüs  
 eu [ɛʊ̯]   heus    eu éu eú éú   meus  
 ej [ɛj]   hej    ei éi eí éí  meí  
 uj [ʊj]   cuj    ui úi uí úí  tuí  

Para decirlo de otra manera, los diptongos son grupos vocálicos que, dentro de una y la misma sílaba, empiezan con un sonido vocálico y acaban con otro. Una mirada a la ortografía latina debería dejar absolutamente claro cómo pronunciar cada uno. En realidad, sólo hay dos que realmente supongan algún problema para los hablantes de las lenguas autóctonas de la península ibérica. Los demás no tienen dificultad: el diptongo au es como en el español causa, el portugués mau o el catalán blau; eu es como el español Europa o el portugués y el catalán meu; ei como el español rey, el catalán llei, o la pronunciación de direita en el portugués de Brasil; ui como en ciertas pronunciaciones del español muy (es decir [ʊɪ̯], no []) o en el portugués fui. Los problemáticos son æ y œ, ya que la tendencia es a pronunciarlos en hiato. Así, mucha gente dice rosæ en tres sílabas (ro-sa-e) y con el acento en sa, cuando la pronunciación debe ser en dos sílabas, ro-sae (casi como ro-say), con el acento en ro. Lo mismo con palabras como pœna, que no es po-e-na, sino que se pronuncia casi como boina.


Consonantes

El latín tiene diecinueve letras consonantes, la última de las cuales sólo aparece en palabras de origen griego:

b c d f g h j k l m n p q r s t v x z

Como se ha dicho más arriba, las letras j y v son sólo variantes gráficas de i y u, y los antiguos no otorgaban a la diferencia valor distintivo preciso; sin embargo, la pronunciación de las consonantes difiere de la de las vocales y consideramos que la distinción escrita posteriormente establecida es ventajosa a la hora de marcar esa diferencia, y por lo tanto que merece la pena observarse. Por supuesto, no tiene ningún sentido observarla en un caso y no en el otro.

Las letras c, k y q representan exactamente el mismo sonido. La letra k es simplemente un arcaísmo, que aparece sólo en unas pocas palabras ante a (e.gr. kalendæ) y q sólo se usa ante una u semivocálica seguida de una vocal (e.gr. qvis).

El latín tiene veinticuatro sonidos consonánticos, que ahora indicamos mediante los símbolos del Alfabeto Fonético Internacional, y facilitamos algunos ejemplos que pueden escucharse haciendo click en cada uno de ellos:


 b [b]   bonus    p [p]   pater    ph []   physica    m [m]   máter  
 d [d]   diés    t [t]   télum    th []   theátrum    n [n]   nómen  
 g [g]   genus    c [k]   céna    ch []   chorus    n [ŋ]   angor  
 gv [gw]   sangvis    qv [kw]   qvis      
       
   f [f]   fínis      
 z [z]   zóna    s [s]   satis    r [ɾ]   rosa    
   sv [sw]   svádeó      
   h [h]   homó      
       
   j [j]   jam      l [l]   límes  
   v [w]   vís      l [ɫ]   lúna  

Oclusivas sordas: p, t, c

Se pronuncian exactamente igual que en español y el resto de lenguas autóctonas de la península ibérica. Sólo hay que recordar que la 'c' tiene siempre el sonido del español, portugués o catalán casa, es decir, el de la k vasca (nunca el del español, portugués o catalán cena).

Oclusivas sonoras: b, d, g

Estos sonidos, excepto cuando aparecen tras nasal m/n (como en el español y portugués ambos, andar o angustia, catalán ambre, andana o angoixa) o, en el caso de la d, tras l (como en el español y catalán aldea, portugués aldeia), o en posición inicial absoluta (como en el español, portugués y catalán boca, dominar, grande/gran), se pronuncian en todas las lenguas autóctonas de la península ibérica de manera que el paso del aire nunca se obstruye del todo como sucede con las oclusivas sordas; así, al pronunciar la b, los labios no llegan realmente a tocarse (cf. español y portugués tabaco, catalán tabac), y en el caso de la d o la g la lengua no se pega a los dientes o al velo del paladar como lo hace con la t o la c (español, catalán y portugués seda; español y portugués magro, catalán magre). Debe ponerse sumo cuidado en evitar en Latín esta pronunciación relajada. Estos tres sonidos deben hacerse realmente oclusivos en todas las posiciones, como lo son en italiano, francés o inglés. Hay que recordar, además, que que la 'g' tiene siempre el sonido del español y portugués gato, catalán gat (nunca el del español y portugués gente, catalán gent).

Oclusivas aspiradas: ph, th, ch

Ninguna de nuestras lenguas tiene estos sonidos que el latín tomó del griego. Son muy similares a las fuertemente aspiradas consonantes p, t, k iniciales del inglés o el alemán, que parece que escupen cuando hablan. Básicamente, al pronunciar estos sonidos hay que hacerlo con una cierta explosión de aire (idealmente sin saliva), de forma que al pronunciar 'cha', 'tha' y sobre todo 'pha' delante de una vela encendida la vela prácticamente se apague. El grupo 'ch' nunca suena en latín como el español y portugués chocolate.

Labiovelares: gu [gw], qu [kw], su [sw]

Sin problemas para los nativos de las lenguas que estamos tratando. Básicamente, lo que hay que recordar es que en estas combinaciones la 'u' se pronuncia siempre: 'sanguis' ['saŋ.gwɪs], 'quis' [kwɪs]. Lo único que sucede es que, en algunas posiciones, la 'u' de estos grupos tiene función semivocálica (o, para entendernos, forma diptongo con la vocal siguiente), como en el español gua.ca.mo.le, cua.tro, sua.ve, mientras que en otras la 'u' tiene plena función vocálica (forma hiato con la vocal siguiente). Es la diferencia que hay, al menos en el español de Europa, entre la u de e.va.cua.mos y la u de a.cen.tu.a.mos. La primera es una semivocal (forma diptongo con la a, es decir se pronuncia en la misma sílaba que la a que sigue), mientras que la segunda es una vocal propiamente dicha (forma hiato con la a, es decir se pronuncia en una sílaba distinta que la a que sigue). La combinacón 'gu' en latín sólo es labiovelar tras n, como en el bisílabo 'san.guis'; en el resto de los casos la 'u' es vocal plena y forma hiato con la vocal que sigue, como en 'e.xi.gu.i.tás'. La combinación 'qu' siempre es labiovelar (la 'u' forma siempre diptongo con la vocal que sigue), como en 'quantum' ['kwan.tʊ̃]. En la combinación 'su' la 'u' es semivocal sólo en unas pocas palabras como 'suá.de.ó' o 'Sué.tó.ni.us'; en el resto de los casos la 'u' es vocal plena y forma hiato con la vocal que sigue, como en 'su.a'. Algunos editores solían escribir las labiovelares como 'gv' (sangvis), 'qv' (qvis), 'sv' (svadeo) en el pasado. Tiene mucho sentido hacerlo así.

Nasales: m, n

Se pronuncian como en español o en catalán, excepto en dos casos. Una 'n' ante s o f hace alargarse a la vocal precedente (cf. 'cónsul', 'ínfimus'). Posiblemente la vocal quedaba además nasalizada y la n desaparecía por completo de la pronunciación como consonante propiamente dicha; si esto es así, la pronunciación sería casi idéntica (aparte del alargamiento) a la que presenta el portugués en la primera sílaba de las palabras 'cônsul' o 'ínfimo', bastante similar también, aunque no tanto, a la primera del francés 'consul' y, ya bastante menos similar, a la de 'infime'. Hay que recordar, sin embargo, que en latín la 'n' se pronuncia como tal (sin alargamiento vocálico, nasalización ni desaparición) ante todas las demás consonantes, diferenciándose así del portugués o del francés. Como se ha dicho en la sección dedicada a las vocales, la '-m' final había desaparecido completamente de la pronunciación como consonante en época clásica (excepto ante consonante inicial en la palabra siguiente) e indicaba solamente una mera nasalización de la vocal anterior, que sin embargo permanecía breve. De nuevo, de entre las lenguas autóctonas de la península, sólo el portugués presenta un fenómeno parecido. Así, la última sílaba de una palabra latina como 'alam', se pronuncia de forma muy similar al portugués ; la última sílaba de 'autem' suena casi como têm; el latín 'sim' suena prácticamente idéntico al portugués sim; y la palabra 'tum' suena prácticamente idéntica a la última sílaba del portugués atum.

Líquidas: r, rh, l

La 'r' se pronuncia como en italiano; es decir, como en español, vasco o catalán, pero recordando que la inicial de palabra suena suave, no fuerte (no ['rɔ.sa], sino ['ɾɔ.sa], como en italiano).

La 'rh', que aparece en algunas palabras de origen griego, es igual que la r descrita más arriba, pero con una aspiración (h inglesa) pronunciada de forma simultánea.

Aunque mucha gente lo ignora, la 'l' tenía en latín dos (acaso tres) sonidos distintos. Parece que, en la mayoría de los casos, tenía un sonido que llamaremos obscuro, mientras que ante la 'i', como en 'límes', o en posición doble, como en 'ille', tenía un sonido que llamaremos claro. Es sabido que el sonido obscuro en tiempos arcaicos era similar al de la l velar catalana, aunque seguramente no tan fuertemente velar como la l final de sílaba del portugués mal, que casi se convierte en u. Este sonido fue evolucionando hasta hacerse progresivamente más alveolar, como el de la l del español o del vasco. Por otro lado, el sonido claro empezó con una articulación relativamente alveolar, pero fue evolucionando hasta hacerse progresivamente más palatal, como el de la ll catalana o la lh portuguesa. No es posible determinar cuándo se produjeron estos cambios, aunque es de suponer que se verificaron en paralelo; así que, aunque es difícil saber cuál era el estado de cosas en el periodo clásico en particular, lo que sí es cierto es que durante toda la historia de la lengua latina hubo una diferencia en la pronunciación de ambas eles. El hablante moderno que aspira a reproducir una pronunciación auténtica tiene por lo tanto dos opciones: o bien pronunciar una 'l' marcadamente velar en la mayoría de los casos, pero neutra (alveolar) ante i o en posición doble; o bien pronunciar una 'l' neutra (alveolar) en la mayoría de los casos, pero marcadamente palatal ante i o en posición doble. De una u otra manera, sin embargo, lo importante es que diferencia resulte audible. Tanto la velarización como la palatalización deben ser ligeras. La velarización, más como la catalana que como la portuguesa; la palatarización más como la de ciertas variedades de griego moderno en palabras como λιμανι que como la ll catalana o lh portuguesa propiamente dichas.

Fricativas: f, s

La 'f' es como en nuestras lenguas.

La 's' es como la del español casa. Hablantes de catalán o portugués deben recordar que es siempre sorda (como el catalán o portugués sol, nunca como en catalán o portugués casa).

Aspiración: h

La 'h' se pronuncia como en inglés o en alemán. Es como el sonido de la j del español pero pronunciado con suavidad, como hacen en Andalucía.

Consonantes dobles: x, z

La 'x' representa [ks], como en español. Hablantes de catalán o portugués deben recordar que es siempre sorda (como en catalán y portugués taxi, nunca como en catalán examen o portugués exame; mucho menos como en catalán o portugués caixa, o portugués próximo).

El sonido de la 'z' es dudoso. Tenía o bien un sonido [z] como en catalán y portugués zero (no como en portugués feliz); o un sonido [dz], como el del italiano zero (no como en italiano zio). Pudo haber sido como el de la z vasca. Era, en cualquier caso, una letra griega, de origen extranjero, así que los no educados en la cultura helénica seguramente tendrían problemas para pronunciarla adecuadamente y la adaptarían de diversas maneras, principalmente como una mera 's', como se observa en el término 'mássa', del griego μαζα. Entre vocales, la 'z' se pronuncia doble, como atestigua la propia adaptación latina 'mássa', pero nunca se escribe duplicada como otras consonantes: una palabra como 'gaza' se pronuncia por tanto ['gaz.za] o ['gadz.dza] (como el italiano gazza).

Semivocales: j, v

La 'j' (que mucha gente escribe ahora como mera 'i', siguiendo consideraciones y convenciones ortográficas ajenas al latín) suena como la 'y' inglesa en yet o la francesa en yeux. La 'y' del español es muy fricativa (en posición enfática incluso africada, como la 'j' del inglés jet), y esto debe evitarse. Entre vocales, esta consonante se pronuncia doble, pero nunca se escribe duplicada como otras consonantes: una palabra como 'ejus' se pronuncia por tanto ['ɛj.jʊs].

La 'v' (que la gente arriba mencionada escribe normalmente 'v', siguiendo de nuevo consideraciones y convenciones ortográficas ajenas al latín, y que sólo un reducido número de los que abogan por el fin de la 'j' son al menos suficientemente consecuentes como para substituirla por la 'u') suena como la 'w' inglesa en wet (más probablemente como la व del hindi). Los hablantes de español en particular deben esforzarse por no pronunciarla como [gw]. Es probablemente mejor (ciertamente más justificado desde el punto de vista histórico) pronunciar 'vís' como 'bis' (con nuestra suave [β] fricativa) que pronunciarla [gwɪs] por querer decir [wɪs] y no poder.

Consonantes geminadas:

La mayoría de las consonantes pueden aparecer duplicadas en la escritura (e.gr. appónere, accipere, terra, commúnis, etc.) y deben pronunciarse también como dobles ([ap.'po:.nɛ.ɾɛ], [ak.'kɪ.pɛ.ɾɛ], ['tɛr.ra], [kɔm.'mu:.nɪs]). Esto es algo que en nuestras lenguas no se conoce, pero que ha sobrevivido en el italiano. Hay que hacer un esfuerzo por hacer sonar las dos consonantes claramente. Aparte de esto, lo único que hay que recordar es que las consonantes 'j' y 'z' nunca se escriben dobles, pero entre vocales siempre se pronuncian dobles (cf. ejus ejus ['ɛj.jʊs], gaza ['gaz.za] o ['gadz.dza]).


Sílabas

Para saber dónde poner el acento en una palabra latina, y también entender la estructura de la métrica latina, necesitamos primero saber cómo dividir una palabra latina en sílabas. Los principios son prácticamente los mismos que rigen en español.

1. Vocales

1a. Cada sílaba tiene una vocal como núcleo (ninguna consonante puede constituir una sílaba por sí sola sin una vocal).

1b. Habrá normalmente tantas sílabas en una palabra como haya vocales, una vocal por sílaba. Así que las vocales que aparezcan juntas perteneceran regularmente a sílabas diferentes:

me-us, su-us, a-vi-a, ó-ti-um

1c. Excepción: los grupos vistos más arriba (æ, œ, au; y, menos frecuentement, eu, ei, ui) no se suelen dividir, sino que se pronuncian en la misma sílaba, y los llamamos diptongos; en raras ocasiones (normalmente palabras extranjeras, pero no siempre) esos grupos de vocales sí que pertenecen a sílabas distintas, un fenómeno que llamamos hiato. Los casos de hiato tienen que aprenderse específicamente.

Diptongo æ: æ-ri-us
Hiato de a y e: a-é-ne-us

1d. Nota: Es una tendencia muy común oír cosas como una pronunciación bisílaba de 'tertia' ['tɛr.tja]. Esto es incorrecto y debe evitarse cuidadosamente. La combinación 'ia' no es un diptongo, así que la i y la a pertenecen a sílabas diferentes y la palabra es trisílaba y debe leerse 'ter-ti-a'. De hecho, en combinaciones de i+vocal, un sonido de transición del tipo de una [j] (como la 'y' inglesa) aparece entre las dos para dar lugar a ['tɛr.tɪ.ʲa]. Lo mismo vale para u+vocal, donde aparece un sonido [w]; así 'quattuor' suena ['kwat.tʊ.ʷɔɾ] (no como bisílabo ['kwat.twɔɾ]).

2. Consonantes

2a. Una consonante entre dos vocales forma sílaba con la vocal siguiente, no con la que precede. La estructura silábica más simple de una palabra latina es por lo tanto v-cv-cv-cv…, o, por supuesto (cf. el punto 1 más arriba), cv-cv-…-cv-cvc:

a-ni-ma, é-la-bó-ró
ro-sa, pœ-na, mo-ní-le, lú-cá-ni-ca
di-gi-tus, o-cu-lus

2b. Todo grupo de consonantes entre dos vocales se separa; la última consonante del grupo formará sílaba con la vocal siguiente y el resto pertenecerán a la sílaba precedente: cvc-cv…, cvcc-cv…, etc.:

gut-ta, gut-tur, cel-la, com-mú-ni-tás
com-pá-gó, len-tís-cus, trán-si-tus, cón-sul
tráns-ma-rí-nus, cóns-pec-tus

2c. Excepción 1: las combinaciones ch, ph, th, qu (qv [kw]), y en algunos casos gu (gv [gw]) y su (sv [sw]) ante vocales, representan fonemas simples y no pueden dividirse; por otro lado, la letra x representa dos fonemas [ks] que pueden pertenecer a sílabas distintas:

pul-cher, sym-phó-ni-a, syn-the-sis, e-qvus
san-gvis, cón-své-tú-dó

exitus = ec-si-tus, expertus = ecs-per-tus

2d. Excepción 2: un grupo consonántico de múta cum liquidá (una oclusiva con una líquida) no puede dividirse. Mútæ son b/p/ph, d/t/th, g/c/ch, pero también consideramos f a efectos de esta regla; liquidæ son l y r:

com-pró-mis-sum, cóns-truc-ti-ó, íns-críp-ti-ó
com-plu-vi-um, con-clá-ve
ín-flá-ti-ó, án-frác-tus

Todas las sílabas en latín, tanto si son tónicas o acentuadas como si no, deben recibir una cantidad relativamente regular de energía y han de pronunciarse con igual claridad, no como en otras lenguas como el portugués o el inglés en que apenas se hace hincapié en la mayoría de sílabas átonas o no acentuadas.

3. Cantidad silábica

Es muy importante distinguir entre cantidad vocálica (vocales breves y largas) y cantidad silábica (sílabas breves y largas). Se dice que una sílaba es breve si tiene:

a) una vocal breve no seguida de ninguna consonante que pertenezca a la misma sílaba: a-ni-ma, ca-ve-a

Se dice que una sílaba es larga si tiene:

a) una vocal larga: dú-có, Ró-má-ní
b) un diptongo: præ-dæ, pœ-næ
c) cualquier vocal (breve o larga o diptongo) seguida de una o más consonantes que pertenezcan a la misma sílaba: for-tis, jús-tís, mæs-tus.


Acento

Ahora que sabemos identificar las sílabas latinas y su cantidad, podemos fácilmente averiguar la posición del acento en una palabra latina. Simplemente tenemos que prestar atención a la penúltima sílaba de esa palabra, y seguir esta regla:

Si la penúltima sílaba es larga, el acento recae en ella:

má-tró-na (ama de casa), ac-cen-tus

Si la penúltima sílaba es breve, el acento retrocede una sílaba y recae en la antepenúltima (si la palabra tiene más de dos sílabas, por supuesto):

-tro-na (el río Marne), fa-mi-li-a

Cabe señalar a este respecto que una vocal ante otra vocal será regularmente breve (e.gr. la i en per-vi-us); aunque hay algunas excepciones, sobre todo en palabras extranjeras (e.gr. la é en Mú-sé-um).

Sólo unas pocas palabras tienen excepcionalmente un acento en la última sólaba por razones históricas, como il-líc o Ar-pí-nás. Tendrán que aprenderse independientemente.


Sinalefa

Lo último que tenemos que aprender sobre la pronunciación del latín es un fenómeno que llamamos synalœpha que tiene lugar cuando las palabras quedan unas junto a otras en el discurso. Cuando una palabra que termina por vocal (incluidas las vocales nasales, o sea las que van seguidas de m cadúca) o diptongo, precede a otra palabra que empieza por vocal o diptongo (incluidas las aspiradas, o sea las que van precedidas de h), la última sílaba de la palabra que precede y la primera de la que sigue se fusionan, combinándose en una sílaba única, en la que la vocal de la palabra precedente se convierte en un simple sonido de transición semivocálico:

sí mé obsecret [si:.'me̯ɔp.sɛ.kɾɛt]

cum arcessor [kʊ̯̃ar.'kɛs.sɔɾ]

siquidem hercle possís [sɪ.'kwɪ.'dɛ̯̃ɛ̥r.kɫɛ.'pɔs.si:s]

Aunque la sinalefa es un fenómeno connatural al español no menos que al latín, una pronunciación demasiado reflexiva y poco espontánea de esta lengua hace que a menudo no se realicen las sinalefas, especialmente cuando las vocales afectadas son nasales (seguidas de m cadúca), aspiradas (precedidas de h) o largas. Esto rompe el fluir de la lengua y hace que el latín suene muy poco natural. Debe evitarse.

A pesar de tratarse de un error muy difundido, debe notarse que la sinalefa no es ni elisión ni diptongo. La elisión significaría la completa desaparición de la pronunciación de la vocal final de la palabra precedente, como si pronunciáramos sí mé obsecret como [si:.'mɔp.sɛ.kɾɛt]. La elisión sucede en muchos vernáculos (cf. el italiano l’università, el catalán m’agrada, el francés j’accuse), pero los escritores romanos claramente indican que éste no es el caso en latín. También el diptongo es diferente de la sinalefa, en tanto en cuanto en el diptongo la vocal que actúa como semivocal es la que sigue, mientras que en la sinalefa es la que precede. Esto tiene importantes consecuencias en poesía, porque un diptongo hace siempre larga la sílaba (la semivocal cierra la sílaba y la hace larga por posición), mientras que el resultado de una sinalefa puede ser breve o largo dependiendo de la cantidad de la primera sílaba de la palabra siguiente (la semivocal precede a la vocal, y no cierra la sílaba). Pronunciamos ita ut æquum fuerat como ['ɪ.ta̯ʊ.'taɛ̯.kʊ̃.'fʊ.ʷɛ.ɾat], donde la sílaba con la sinalefa [ta̯ʊ] sigue siendo tan breve como si se hubiera tratado de [] o [tɾʊ], mientras que un diptongo [taʊ̯] la habría hecho tan larga como digamos [taɛ̯] o [tar].